La polémica entre la literatura, concebida como un arte, y el cine muchas veces calificado de espectáculo, es tan antigua como la primera adaptación literaria  realizada en el cine.

Ni la literatura ni el cine han podido ignorarse, por más que lo quisieran, así que inevitablemente han terminado por reflejarse mutuamente, prestandose, robándose y multiplicándose entre sí  las imágenes e ideas producidas por uno y otro, en cualquier caso la literatura y el cine  hacen parte de los siete artes, están íntimamente unidas y condenadas a encontrarse; el cine ha recibido de la literatura relatos, argumentos, formas y estilos, la literatura, en todo el último siglo, ha recibido del cine diferentes modos de mirar, una concepción narrativa distinta, que transforma en los autores literarios, en ocasiones, su mirada y su estilo.

Antes de que los hermanos Lumière pusieran su cámara afuera de una fábrica, esperando la salida de los obreros, las personas solo podían hablar (o escribir) sobre  dos experiencias: las vividas por propia cuenta y las que otras personas les contarán (oral o por escrito). Pero con la llegada del cine, se abrió una tercer recurso a la hora de contar historias, ese que trata sobre los experiencias vividas por seres ajenos.

Con la llegada del cine sonoro, la literatura le cedió al cine la palabra, y con esto la comunión entre ambas formas artísticas y expresivas se hizo más grande, pero siempre guardando la distancia obligatoria por las características propias e intransferibles  de cada medio.

Con el tiempo el cine adquiere su propio lenguaje y se aleja de  de la literatura como su referente primario, una de estas grandes diferencias  es la capacidad de síntesis del cinematógrafo, ya que nadie puede cubrir en una sola secuencia lo que a una novela normalmente le llevaría páginas enteras , esto nos da diferencias insalvables entre los elementos constitutivos de cada medio y a su lenguaje mismo; el cine carece de los matices psicológicos que brindan el lenguaje mediante los modos, el tono  y los tiempos verbales y por estas razones la literatura siempre ha estado más abocada y ha tenido mayores recursos para recrear mundos interiores y hacer grandes reflexiones, mientras el cine se concentra más en la acción  y en las anécdotas.

No todas las novelas, por muy famosas que sean, son mejores que la película que las adapta al cine, ni todas las novelas,  son susceptibles de ser llevadas al cine; sin embargo, si echamos un ojo a muchas de las películas más famosas de la historia del cine son adaptaciones de novelas o relatos. 

David Copperfield (George Cukor, 1935) basada en una novela de Charles Dickens;  Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939),  La diligencia (1939, John Ford) un cuento corto de Ernest Haycox; Las uvas de la ira’ (1940, John Ford), sobre la extraordinaria novela de John Steinbeck.Les Misérables (2012, Tom Hooper) basada en una novela de Alejandro Dumas, El sueño eterno (1946, Howard Hawks) ,  Ana Karenina (1948, Julien Duvivier) basada en la novela del mismo nombre de León Tolstoy, Vertigo (1958)  o ‘Psicosis (1960), ambas de Alfred Hitchcock, parten de novelas de Robert Bloch y de la pareja formada por Pierre Boileau y Thomas Narcejac. Centauros del desierto (1956, John Ford) era una novela de Alan Le May e  igual sucede con el Ben-Hur (1959) de William Wyler, My Fair Lady (1964, George Cukor), Sed de mal (1958, Orson Welles) , Matar a un ruiseñor (1962, Robert Mulligan),  El Proceso (1962, Orson Welles) basado en la novela de Franz Kafka, en la que Welles cambió el orden de los capítulos,   Doctor Zhivago (1965, David Lean),  2001: una odisea del espacio (1969, Stanley Kubrick) y un largo etcétera. 

En todo caso la premisa de que la literatura es mejor que el cine, puede ser derrumbada y afortunadamente si dejamos de lado esa innecesaria competencia entre esas dos artes, podemos disfrutar y beneficiarnos de las dos, sacando lo mejor de cada una.

 

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